Aunque el sol de esta tarde de primeros de junio casi roza ya el poniente, hace calor y se nota en el aire cargado de los aceites esenciales que desprenden las jaras repletas de flores blancas. Si se mira con atención se puede ver como las esencias se volatilizan a pocos centímetros de las hojas, distorsionando ligeramente el paisaje del fondo.
Camino por una escorrentía hasta lo alto de una loma y respiro profundamente con algo de dolor en los pulmones por el esfuerzo de la subida. Me detengo y olvido el pinchazo del pecho al ver el paisaje serrano de dehesas verdes salpicadas de fresnos y encinas.
Escucho…. escucho como en el valle los sonidos cambian al tiempo que la luz del sol va desapareciendo:
Pájaros… mugidos de terneros hambrientos… cencerros de vacas que se aproximan a los mugidos… un tren que divide a su paso en dos el campo llenándolo de estruendo…. y de nuevo pájaros…
El sol casi roza el perfil de la montaña y algunas nubes bajas reflejan sus rayos de atardecer ocultándole a ratitos y dejando el cielo matizado de rojos y violetas.
Me encaramo a un berrocal en cuyas grietas musgosas han germinado algunas jaras y me admiro de la capacidad para sobrevivir de estas plantitas que hunden sus raíces en un terreno tan inhóspito.
La piel de mis brazos se eriza al sentir una ligera brisa del norte y agradezco el frescor que proviene de las cumbres en las que aún quedan neveros.
Nubes del Norte.
En los pétalos de las jaras
oscureciendo
Vuelvo sobre mis pasos, camino en silencio intentando pasar desapercibida en este espacio sagrado en el que me siento una intrusa.
Anochece.
Por entre las jaras el canto
de otros pájaros
Bueno, aquí dejo un intento de haibun...
Saludos, Mercedes
