Análisis de haikus de febrero por Félix Arce Momiji (2)

Una persona experta o con más recorrido en el camino del haiku comenta algunos haikus del taller como medio de aprendizaje y herramienta pedagógica para los miembros del foro.

Moderador: Gorka Arellano

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litago
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Análisis de haikus de febrero por Félix Arce Momiji (2)

Mensaje por litago »

Oxidadas...
en medio de las vías
una acacia

¿Y los trenes? No suele haber acacias en medio de las vías. Una acacia además no es un arbolito o un arbusto. Obviamente son vías por las que no pasan trenes hace mucho mucho tiempo. El primer verso insiste en ello y nos avisa. Están oxidadas. Quizá podría haberse ahorrado ese verso ya que esa idea ya la deducimos claramente leyendo los otros dos. A no ser que hacer referencia a que las vías están “oxidadas” sea relevante en el haiku. No lo parece. El metal cuando no se usa se oxida, es lo habitual. Además noto cierto desajuste en el adjetivo que califica al sustantivo pero sin embargo precede a la locución adverbial.
No es raro en el haiku sin embargo que el primer verso haga referencia al último. ¿Qué porte tenía esa acacia? ¿La descubrimos allí de pronto? ¿Era una acacia solitaria o formaba parte de un bosque?
He de confesar que este haiku lo conocía ya porque lo vi en el blog del autor. No recuerdo bien el haiku pero sí la foto. Unas vías medio ocultas entre la hierba y la hojarasca. Una foto que me llamó mucho la atención. No tanto por la acacia en sí sino por la desaparición de las vías.
Los haijin debemos destilar con cuidado y paciencia ese aware que el mundo nos brinda generosamente. Transmitir con toda la pureza de un bambú hueco esa agua para que otros la beban. Nuestro vaso es el haiku, una vasito muy pequeño, que debe servir siempre al agua, sin darle gusto ni color. Es el agua la que refresca, sacia y nos sabe bien.
Perdón por el inciso, no pensaba concretamente en este haiku, pero es extensible a todos. Pensaba en que debemo ordenar ese aware en palabras que le dan forma, como ese vaso. Volviendo al haiku que nos ocupa, no puedo dejar de preguntarme qué es lo que de verdad conmovió o estremeció (porque el aware es mucho más que sorprender) al autor. ¿El estado de abandono de las vías? En el que recalca el óxido. ¿Esa acacia creciendo hermosa y desubicada? Son dos cosas que se complementan pero no son lo mismo. Si no hubiese visto la foto… ¿vería el haiku?
Un haiku que desde luego no deja indiferente. Como esa acacia que obliga a detenerse, uno imagina que incluso a los propios trenes si los hubiera, a mirar, a calcular, a imaginar.




Grita la niña
“en la fruta verde
queda un pétalo”.


¿Hay algo más difícil que ponerse en la piel de un niño? ¿Hay algo más difícil que ser lo que fuimos? Qué difícil me parece afinar este haiku. Ese primer verso no le hace honor al resto del haiku a mi juicio. Y sin embargo cómo decir o sugerir que esa niña dijo lo que dijo.
Se me ocurren dos cosas. O bien escribir el haiku de manera tan sencilla que sea el propio haiku el que delate a la niña y a su asombro, o que ese asombro infantil se convierta en sugerencia. No se trata de imitar el haiku escrito por niños porque no sé qué saldría. Un pastiche probablemente.
De qué se asombra un niño. Pues de todo. Y de nada. Quizá lo que de verdad nos sorprende a los no-niños de su asombro es que lo hacen de cosas diferentes a las nuestras. Este mundo es digno de asombro desde la mañana a la noche, y aun cuando lo soñamos. Los niños lo saben sin saberlo porque tienen la ventaja de formar parte de él naturalmente.
Me gustaría saber qué fruta era esa. No es lo mismo una manzana que una cereza, o un melón. Tampoco los pétalos son iguales. Antes he dicho por ahí que el aware puede surgir de la mirada limpia de un niño pero el haiku, las palabras, no deben ser de niño.
Este haiku debería comenzar con el propio asombro. Un pétalo en la fruta verde. Luego ya vendrán “las explicaciones”, el contexto. Primero la niña. Primero lo que fuimos. Después las palabras y lo que quiera que seamos. Y siempre lo que debemos ser.
No puedo evitar pensar en la sonrisa del/a haijin. No sé pero yo mismo sonrío al ponerme allí. El haiku es la alegría de estar vivo, alegría profunda no ñoña. Es un ¡hola! al mundo.





Aroma al amanecer.
Ordena los panes flauta
un jorobado


¿Olerán los recuerdos, así como huelen las cosas? ¿Y las palabras? No sé no sé pero desde luego como quien al leer “rosa” es incapaz de no recordar su olor así también quién no huele el pan al leer su palabra. El olfato es el sentido primordial de todos los mamíferos. ¿Será el haiku la expresión primordial del lenguaje? Por lo preciso, por lo claro, limpio y estilizado. Por referirse siempre al mundo, a la presencia de las cosas y los sucesos. Por ser la silueta de un silencio a su vez primordial que perfila ese mundo. Divago…
Al asomarme a este haiku por primera vez leí (mal) “hornea” en vez de “ordena”. Quizá por eso, o quizá no, me pareció que insistir con ese “aroma” del primer verso sobraba. Aroma es la sublimación de olor. Es el olor de las cosas pasadas por el buen gusto del/a haijin.
Creo que el amanecer, cuajado él mismo del olor, los sonidos y los silencios de tantas cosas sería un primer verso magnífico en sí mismo. El pan, al que por el contexto del resto del haiku, imaginamos en una tahona, es inseparable de su propio olor, como decía al principio.
El haiku es sugerencia y además confianza. El haiku es un pequeño contrato tácito (primero un vaso y ahora un contrato… cómo estamos) en el que autor y lector confían ambos en la inteligencia y sensibilidad del otro. Yo como autor confío en ti lector en que vas estar aquí conmigo a poco que te diga, como dos que se conocen de toda la vida (el mundo, el camino) que con cuatro silencios y dos gestos me vas a entender perfectamente. Y yo como lector confío en ti autor en que no me vas a defraudar, que me vas a tender tu mano así, vacía de todo lo demás, para que yo te siga y esté ahí contigo, viendo, oyendo, saboreando, oliendo, tocando… porque tu piel va a ser mi piel durante diecisiete luminosos segundos. Divago… otra vez.
El tercer verso nos sorprende con un jorobado. Una palabra dura. Que nos sacude inmediatamente. La palabra suave y aterciopelada “aroma” que abre el haiku termina aquí convirtiéndose en otra palabra muy diferente. Imaginamos a un hombre encorvado sobre los panes, lo panes flauta, atención a la atención del haijin, siempre importantes los detalles en haiku, encorvado como digo pero por siempre. Como si nunca pudiese desligarse de su labor. El determinante además asume y nos hace asumir a nosotros que es la forma lo que determina el ser. El participio ha sustituido al nombre que adjetiva.
Un haiku lleno de contrastes. Desde el propio uso del lenguaje a las propias imágenes que nos sugiere. La ductilidad de los panes recién hechos con el envaramiento propio de ese jorobado, la verticalidad rectilínea de los panes, flauta además, con el encorvamiento irremediable del panadero, suponemos.



Pequeña escolar.
Mientras llega el bus
coge unas flores.

¿En qué empleamos el tiempo cuando se supone que deberíamos emplearlo en otras cosas? ¿Qué hacemos cuando no hacemos nada? Los niños podrían darnos unas cuantas lecciones sobre ello. Ellos sí que son expertos en eso y no yo en haikus.
He de decir que el primer verso me ha parecido que desafina un tanto con respecto al resto del haiku. Supongo que el/la haijin considera importante hacernos saber que es una niña pequeña que va a la escuela la protagonista de la acción. No sé si tengo sugerencias al respecto. Quizá, solo quizá, escribiendo un segundo verso con “esperando el bus del cole” ya se sugiera dos de las cosas antes citadas. En el primer verso se podría nombrar mejor a esa niña. Bueno, como digo, doble “quizá”. Sería solo para facilitar la fluidez del haiku, el ritmo, a mi juicio, porque el sentido y lo que muestra lo hace bien y claramente.
Qué de cosas podemos hacer cuando somos pequeños. Qué de cosas podemos ser. Exploradores, deportistas, científicos, poetas… Que un niño pequeño se aburra debe ser tan incomprensible y absurdo como un cumpleaños sin tarta ni soplidos.
Una niña pequeña recogiendo flores, con gusto y atención como siempre hacen los niños, mientras llega el autobús del cole. Todo nos habla en esta escena de los comienzos. El haijin es alguien que siempre está llegando, como la primavera. Siempre accede a un mundo por estrenar.
No puedo evitar imaginar al autor/a de este haiku sonreír y alegrarse al reconocerse afortunado de estar allí, de darse cuenta por un instante de que formamos parte de ese algo que comienza siempre. Sin prisa. Sin importar qué autobús está por llegar ni cuándo llegará. Porque los comienzos nunca tienen prisa, porque son siempre tan hermosos…





Bueno, pues eso esto lo que he podido hacer. No sé si hubiese debido escribir una introducción como sé que estupendamente han hecho otros que me han precedido en esta labor tan gratificante. He preferido dejarme llevar y zambullirme directamente en vosotros. Así, sin más.

Sí que he decir que lo de experto… en fin. Bueno, dejémoslo en que es una forma de hablar y que compartiendo raíz con “experiencia” y “experimento”…. pues bueno. Todos estamos en el mismo camino. Unos por aquí y otros por allá pero todos peregrinando hacia el mismo lugar del mundo y de nosotros mismos. Solo el caminar y el propio camino hace al peregrino. La perseverancia. Y la ilusión.
Como habéis podido comprobar como guía de peregrinos yo sería impagable. Mi falta de organización, sistematización y concreción harían que nadie quisiera pagarme nunca. Tiendo a irme por las ramas y distraerme aquí y allá. Mis excusas por ello. Siempre he sabido que mi libertad comienza cuando reconozco mis límites. Diré en mi defensa que se me hace muy difícil no ceder a la tentación cuando leyendo me asaltan tantas sugerencias, imágenes, matices…


El aware quita todas las palabras. El haiku las vuelve a poner. En ese mínimo intervalo que media entre ambos habita el haijin. El artesano que confecciona la presencia del mundo para que otros la reconozcan a su vez. El mundo donde nos hacemos presentes en su presencia, solo en su presencia. Gratitud. Un mundo que sale al encuentro de nuestros ojos. Un mundo que somos, que estamos. Ser y estar que no tienen nada de místico o sobrenatural. Es el ser y estar del “misticismo” natural de quien camina al atardecer así ahora como hace trescientos mil años. Del niño que descubre que también las hormigas pueden volar con sus alas de quita y pon.

Nada. Que ya me enrollo otra vez…

Ha sido un verdadero placer empaparme y dejarme llevar. Aceptar vuestra invitación a merodear por a las riberas marinas junto a gaviotas y bellotas marinas, acacias que no viajan a ninguna parte y herrumbres que florecen, oliendo a pan al amanecer, con la hogareña quietud de los caracoles y la limpieza de las manos y los ojos de los niños.
Gracias, gracias de verdad por vuestra generosidad a la hora de compartir y a Grego y Lita por hacerlo posible con su dedicación.
Con viento de otoño
recojo una piedra.

Santôka

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Gorka Arellano
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Re: Análisis de haikus de febrero por Félix Arce Momiji (2)

Mensaje por Gorka Arellano »

Gracias, Félix.
Una delicia y un placer leer tus sabias palabras luminosas...

:chino
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Roper
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Re: Análisis de haikus de febrero por Félix Arce Momiji (2)

Mensaje por Roper »

Muchísimas gracias por todas tus apreciaciones, Félix, ha sido un autentico placer leerte. thanks :chino
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